Usted concurrirá a la cita, resignado, se sabe que a casi nadie le atrae mucho la idea de que un completo extraño le introduzca objetos cortantes en la boca, pero igualmente irá.
Al llegar, el recibidor sin ventanas le hará temer por su incierto destino al percatarse de que ya no hay escapatoria, limitándolo a rogar porque sea leve y breve.
Luego de una cierta cantidad de minutos - el número exacto puede variar según el caso- mirando a la pared, lo llamarán por su nombre, con total confianza, y lo invitarán a pasar al sillón. La sola idea de tanto elemento de tortura alrededor lo intranquilizará más que un poco.
Una vez aprisionado entre el
reclinable y la cara del enemigo peligrosamente cerca de la suya, le informarán lo que tanto temía: usted será inexorablemente martirizado.
Usted tendrá deseos de huir, llorar y destruir, pero ante la amenaza de una aguja de un espesor
intimidante procederá a abrir la boca sólo para callar.
Víctima del desesperante pinchazo en lo que tiene que ser el hueso, procederá a emitir sonidos ininteligibles de auxilio, que serán convenientemente acallados con otro pinchazo más, menos grave que el anterior, dado que el venenoso antídoto primero habrá comenzado a hacer efecto.
Momentos después, el hemisferio en cuestión se encontrará incómodamente adormecido y todos menos usted concordarán en que ya es hora.
Su carne será acuchillada
quirúrgicamente y el gusto metálico perpetuo será lo único peor al líquido que de tan rojo es bordó corriendo a caudales por la comisura correspondiente.
Luego el sabor al fluido carmesí se apaciguará sólo debido a que su mente no podrá prestar atención a otra cosa que a la pinza de tamaño proporcional al horror mismo que se inmiscuye alrededor del último inferior izquierdo, (por ejemplo), y la acertada impresión de que le están extirpando de raíz una parte del cráneo.
Al removerle la pieza el verdugo sonreirá despiadadamente -mientras tararea una canción de los años ochenta, que usted creerá parte de su propia imaginación dado que el cerebro ha sido repercutido colateralmente por la narcosis- y se la exhibirá cual trofeo a pesar de la traumática expresión que esto le ocasione a usted.
Mientras se recupera del impacto anterior, usted se dará cuenta que un hilo negro está atravesando sus carnes, pero a esa altura ya nada lo sorprenderá fácilmente.
Encima de los
hilajes le pondrán un tejido de algodón que demorará décimas de segundo en
colorearse de blanco a rosado oscuro, y le dejará el aspecto de un completo idiota, más allá de que ya se sentirá así de por sí por haber sido engañado y violado, y encima deberá pagar por ello.
El rostro demorará varias horas en recuperar sensibilidad y recién ahí usted se arrepentirá de haber anhelado tanto ese momento, dado que tendrá la sensación de que el cráneo ha sido martillado enérgicamente, aunque en realidad haya experimentado algo mucho peor.
Usted habrá perdido otra cuarta parte de su juicio y la mayor ventaja es que está cada vez más próximo a que cualquier venganza se considere
inimputable.